Categoría: Opinion

  • ¿Y quién paga la cuenta?

    ¿Y quién paga la cuenta?

    MIRADAS

    Una conversación sobre el mundo que compartimos

    Teresa Barragán

    Hay preguntas capaces de arruinar una buena conversación.

    Imagine una mesa donde alguien propone otra botella de vino, postre para todos y, ya entrados en entusiasmo, una ronda más. Todo marcha estupendamente hasta que alguien comete la imprudencia de preguntar:

    ¿Y quién paga la cuenta?

    Con los presupuestos públicos sucede algo parecido.

    Esta semana México presentó el suyo para 2027 y, casi al mismo tiempo, comenzó el proceso electoral. La coincidencia no podría ser más oportuna: mientras conocemos cuánto habrá para gastar, comienza también la temporada en la que escucharemos todo lo que podrían darnos.

    El presupuesto parece un asunto para economistas: billones, déficit, deuda, porcentajes del PIB. Pero detrás de tantos ceros hay algo bastante sencillo: cuánto entra, cuánto gastamos y qué hacemos cuando no alcanza.

    Para el próximo año se espera que la economía mexicana crezca entre 1.5 y 2.5 por ciento. No está detenida, pero tampoco avanza con demasiada prisa. Mientras tanto, los recursos tienen que alcanzar para programas sociales, pensiones, salud, educación, seguridad, carreteras, agua, infraestructura y todo lo demás que esperamos del Estado.

    El problema es que el mismo peso no puede gastarse dos veces.

    Podemos darnos el gusto de hacer ese viaje que llevamos tiempo queriendo. Quizá hasta nos lo merecemos. Pero si al regresar descubrimos que ya no alcanza para pagar el súper y sacamos la tarjeta de crédito, el problema no está solamente en cuánto gastamos. Está también en el orden de nuestras prioridades.

    Y si hacemos lo mismo el mes siguiente, convendría empezar a preocuparnos.

    La deuda funciona de manera parecida. No necesariamente es mala: puede utilizarse para construir infraestructura o financiar inversiones que generen crecimiento. Pero cuando sirve de manera recurrente para completar lo que los ingresos ya no alcanzan a cubrir, estamos enviando una parte de la cuenta hacia adelante.

    Y el futuro tiene la mala costumbre de llegar.

    Por eso, cuando vemos un presupuesto, quizá estamos mirando solamente la mitad de la historia si nos fijamos en aquello a lo que sí se destinó dinero.

    La otra mitad está en lo que se quedó esperando.

    Entonces no debería sorprendernos encontrar pacientes buscando un medicamento que debía proporcionarles el sistema público, escuelas que todavía carecen de servicios elementales, carreteras que siguen deteriorándose u obras de infraestructura necesarias que vuelven a quedar para después.

    No necesariamente porque no haya dinero, sino porque se decidió destinarlo a otra cosa.

    Eso es, al final, un presupuesto: una lista de prioridades, pero también una lista de renuncias.

    Y ahora que comienza el proceso electoral, quizá podríamos adquirir una pequeña costumbre.

    Cada vez que un político prometa un nuevo programa, una obra, un apoyo adicional o cualquier otro beneficio, antes de decidir si nos gusta, hagamos tres preguntas:

    ¿Cuánto cuesta? ¿De dónde saldrá el dinero? ¿Y qué se dejará de hacer para pagarlo?

    Decir que “estará contemplado en el presupuesto” no basta. El presupuesto no fabrica dinero; simplemente decide qué hacer con el que existe.

    Si queremos conservar programas sociales, mejorar hospitales y escuelas, tener mejores carreteras, invertir en infraestructura y además emprender nuevos proyectos, necesitamos algo más que buenas intenciones.

    Necesitamos crecer.

    Porque una economía que crece genera empresas, empleos, inversión y también los recursos que permiten financiar aquello que queremos como sociedad.

    Durante los próximos meses escucharemos muchas promesas. Algunas serán buenas, otras necesarias y seguramente algunas irresistibles.

    Podemos pedir el postre. Podemos pedir otra botella.

    Pero antes de levantar la mano para ordenar, quizá convenga acostumbrarnos a hacer esa pregunta incómoda:

    ¿Y quién paga la cuenta?

  • La oportunidad no espera

    La oportunidad no espera

    MIRADAS

    Una conversación sobre el mundo que compartimos

    Teresa Barragán

    Hay momentos en la historia de los países en los que las circunstancias parecen acomodarse a su favor. No suceden con frecuencia. Y casi nunca avisan cuánto tiempo van a durar.

    México podría estar frente a uno de ellos.

    Hace unos días, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, estuvo en Arizona explorando la incorporación de nuestro país a una de las industrias más estratégicas del mundo: la de los semiconductores.

    La noticia podría perderse fácilmente entre tantas otras. Pero detrás de ella hay una pregunta mucho más importante: ¿estamos preparados para aprovechar el lugar que el mundo parece estar ofreciéndonos?

    Los semiconductores están en casi todo lo que define nuestra época: automóviles, teléfonos, equipos médicos, sistemas de comunicación, inteligencia artificial. Su producción dejó de ser solamente un negocio para convertirse en una pieza estratégica de la competencia económica y tecnológica mundial.

    Y justo al otro lado de nuestra frontera está ocurriendo algo extraordinario.

    Arizona se está convirtiendo en uno de los grandes centros mundiales de esta industria. Alrededor de ella crecerán proveedores, investigación, servicios especializados y empleos que exigirán conocimientos cada vez más sofisticados.

    México tiene mucho a su favor.

    Tenemos más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos, un tratado comercial que nos integra a Norteamérica, décadas de experiencia manufacturera y una población joven que podría incorporarse a las nuevas industrias.

    Pocas veces la geografía coloca una oportunidad tan cerca.

    Pero la geografía no educa ingenieros. Un tratado comercial no forma técnicos. La cercanía con una fábrica no produce investigadores.

    Eso tenemos que hacerlo nosotros.

    Y resulta significativo que aquí mismo, en Chihuahua, ya se estén dando algunos pasos. Hace unos días se anunciaron becas de especialización en semiconductores, en colaboración con Arizona State University, para formar talento en áreas específicas de esta industria.

    Son apenas veinte becas. El número puede parecer pequeño. La dirección, en cambio, importa mucho.

    Durante años hemos hablado del enorme potencial de México. La palabra se ha repetido tanto que casi hemos olvidado lo que significa: potencial es aquello que todavía no hemos convertido en realidad.

    Taiwán y Corea del Sur tampoco nacieron como potencias tecnológicas. Durante décadas apostaron por educación, ciencia, capacitación e industria. Entendieron que competir en el mundo moderno no consiste solamente en fabricar más barato, sino en aprender a crear aquello que los demás necesitan.

    Ahí está quizá nuestra verdadera oportunidad.

    No se trata solamente de conseguir que algunas empresas instalen plantas en México. Sería una buena noticia, pero insuficiente. La aspiración tendría que ser mayor: que nuestros jóvenes puedan participar también donde se investiga, se diseña, se desarrolla y se genera conocimiento.

    Porque existe una diferencia enorme entre recibir una inversión y construir una capacidad.

    La inversión puede marcharse cuando cambian los costos o las condiciones. El conocimiento permanece en las personas.

    Por eso, cuando hablamos de educación, universidades, formación técnica, ciencia o inglés, no estamos hablando de asuntos separados de la economía. Estamos decidiendo qué lugar podrán ocupar los mexicanos dentro de diez o veinte años.

    El mundo no se va a detener mientras resolvemos nuestras carencias.

    La inteligencia artificial avanza. Las cadenas productivas se reorganizan. Las grandes potencias buscan asegurar industrias estratégicas y muchos países compiten por ocupar cada espacio disponible.

    México, por una combinación difícil de repetir de geografía, integración económica y momento histórico, está sentado muy cerca de la mesa.

    Pero estar cerca no significa tener un lugar asegurado.

    Tal vez dentro de algunos años miremos este momento y descubramos que aquí comenzó una transformación importante. O quizá volvamos a hablar, como tantas veces, del enorme potencial que México alguna vez tuvo.

    La diferencia entre una historia y la otra no estará en la oportunidad que recibimos, sino en lo que decidimos hacer con ella.

    Porque las oportunidades de un país se parecen mucho a las oportunidades de la vida: algunas regresan.

    Las verdaderamente grandes, casi nunca esperan.

  • Divide y… ¿vencerás?

    Divide y… ¿vencerás?

    Miradas

    Una conversación sobre el mundo que compartimos

    Teresa Barragán

    ¿Cuándo se convirtió mi vecino en mi enemigo?

    ¿Cuándo el compañero de trabajo que vota diferente, el amigo que defiende otro partido o incluso el familiar con quien antes discutíamos de política y después seguíamos cenando dejó de ser simplemente alguien que piensa distinto?

    Quizá no ocurrió de un día para otro.

    Divide y vencerás. La fórmula es antigua. Lo nuevo son los nombres que damos a cada bando: pueblo y élite, conservadores y progresistas, privilegiados y olvidados, fifís y chairos. Siempre un “nosotros”. Siempre un “ellos”.

    Y funciona.

    Porque el resentimiento encuentra terreno fértil en problemas reales: inseguridad, desigualdad, corrupción, falta de oportunidades. Pero, en lugar de exigir que esos problemas se resuelvan, podemos terminar aceptando algo mucho más sencillo: que alguien nos diga quién tiene la culpa.

    Entonces comienza la polarización.

    Primero se señala al adversario. Después se le descalifica. El adversario responde, se endurece y radicaliza también su posición. Cada lado encuentra en el otro razones para justificar sus propios excesos y, poco a poco, aquello que antes nos parecía inaceptable comienza a parecernos necesario.

    Tal vez por eso hoy, en distintos países, personas tradicionalmente moderadas empiezan a mirar con simpatía soluciones cada vez más duras. El fenómeno Bukele es un ejemplo. Más allá de simpatías o cuestionamientos hacia su gobierno, vale la pena preguntarnos qué tuvo que suceder para que tantos ciudadanos llegaran a pensar que los problemas son tan graves que las soluciones habituales ya no alcanzan.

    Pero hay una pregunta anterior.

    ¿De verdad queremos cosas tan diferentes?

    El mexicano que votó por un partido distinto al mío ¿quiere vivir peor? ¿Quiere calles inseguras, malos hospitales, escuelas deficientes, corrupción o una economía que no le permita llegar a fin de mes?

    Claro que no.

    Quiere, probablemente, muchas de las mismas cosas que yo: vivir tranquilo, trabajar, progresar, cuidar a su familia y tener oportunidades.

    Hemos confundido querer caminos distintos con querer destinos distintos.

    Y mientras nosotros discutimos, los partidos ganan algo muy valioso: nuestra lealtad.

    Ahí está quizá la parte más eficaz de la polarización. Conseguir que dejemos de comportarnos como ciudadanos que exigen para convertirnos en simpatizantes que defienden.

    Si gobiernan los míos, puedo terminar justificando lo que antes criticaba. Si gobiernan los otros, condenando incluso aquello que quizá habría celebrado. Ya no juzgo una decisión por sus resultados, sino por quién la tomó.

    Y mientras tanto, los problemas siguen ahí.

    Tal vez deberíamos recordar que los intereses de los partidos y los nuestros no siempre coinciden. A nosotros nos interesa que baje la inseguridad; al político también le importa quién recibe el mérito. A nosotros nos interesa que mejore la economía; al político, además, quién pagará el costo si no mejora.

    Nosotros necesitamos resultados. Los partidos necesitan también ganar elecciones.

    Esa diferencia debería bastar para mantenernos atentos.

    La democracia necesita desacuerdos. Necesita oposición, crítica y ciudadanos capaces de defender ideas distintas. Lo que no necesita es que convirtamos al compatriota que piensa diferente en alguien a quien derrotar.

    Porque quizá mientras nos ocupamos de defender a unos políticos de otros hemos dejado de hacer precisamente aquello que nos corresponde: defender nuestros derechos frente a todos ellos.

    Divide y vencerás.

    La fórmula sigue funcionando.

    La pregunta es si vamos a seguir ayudando a que funcione.

  • Lo que siempre ha sido nuestro

    Lo que siempre ha sido nuestro

    MIRADAS

    Una conversación sobre el mundo que compartimos

    Teresa Barragán

    Durante buena parte de nuestra vida trabajamos pensando en el futuro. Pagamos impuestos, cotizamos a la seguridad social y destinamos una parte de nuestro salario al retiro. No es dinero que alguien nos regaló. Lo ganamos trabajando.

    Por eso hay decisiones que merecen algo más que una explicación técnica.

    La Suprema Corte de Justicia de la Nación acaba de validar la reforma que creó el Fondo de Pensiones para el Bienestar. Entre otras cosas, permite transferir a ese fondo recursos de cuentas individuales de trabajadores que hayan cumplido 70 años en el régimen del IMSS o 75 en el ISSSTE, cuando no hayan sido reclamados y no exista una relación laboral activa. La transferencia puede realizarse sin necesidad de una resolución judicial.

    La Corte sostiene que esto no representa una confiscación. El trabajador o sus beneficiarios conservan el derecho de reclamar esos recursos en cualquier momento; el derecho es imprescriptible, debe existir una reserva para responder por ellos y también deben reconocerse los rendimientos correspondientes.

    Y quizá sea precisamente ahí donde comienza la discusión.

    Porque una cosa es tener dinero a nuestro nombre en una cuenta individual y otra muy distinta tener el derecho a pedir que nos devuelvan un dinero que ya era nuestro.

    Parece una diferencia menor. No lo es.

    Cuando el ahorro permanece en una cuenta individual, existe un patrimonio identificable cuyo propietario es el trabajador. Cuando esos recursos pasan a un fondo público, el propietario conserva jurídicamente su derecho, pero el dinero entra a un mecanismo creado, entre otras cosas, para complementar pensiones.

    Podemos estar de acuerdo en que México necesita mejores pensiones. Seguramente todos quisiéramos que un trabajador pudiera retirarse después de una vida de esfuerzo con ingresos suficientes para vivir dignamente.

    La pregunta es otra:

    ¿quién debe pagarlas?

    Si queremos mejorar las pensiones, podemos hacerlo con impuestos, presupuesto público o aportaciones creadas específicamente para ese propósito. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que una política pública se financie, aunque sea parcialmente, con recursos que el propio Estado reconoce que pertenecen a otras personas.

    Y aquí aparece una palabra engañosamente tranquilizadora: “inactivas”.

    Una cuenta inactiva no es una cuenta abandonada. Puede pertenecer a alguien que dejó de cotizar, que desconoce que conserva ese ahorro, que no realizó un trámite o cuyos beneficiarios ni siquiera saben que existe.

    El dinero no pierde a su dueño porque su dueño no lo haya reclamado.

    La ley establece una reserva para devolver esos recursos cuando sean solicitados. Es una protección importante y debe decirse.

    Pero también debemos hacernos una pregunta que no es solamente jurídica, sino institucional:

    ¿qué sucede si dentro de diez o veinte años esa reserva resulta insuficiente?

    La respuesta será que el Estado seguirá obligado a pagar. Pero para entonces habremos sustituido algo muy concreto —mi dinero en mi cuenta— por algo diferente: el derecho a que una institución pública me lo devuelva.

    La historia aconseja prudencia cuando los gobiernos comienzan a modificar las reglas de los ahorros para el retiro.

    Argentina ofrece un antecedente mucho más extremo y, por supuesto, diferente al mexicano. En 2008 eliminó su régimen privado de capitalización y lo sustituyó por un sistema público. No estamos ante la misma medida y sería incorrecto decirlo. Pero aquel episodio recuerda algo que a veces olvidamos: las reglas que protegen el ahorro de una generación pueden cambiar por decisión política.

    En México tampoco necesitamos ir demasiado lejos para entenderlo. Hemos visto desaparecer fideicomisos que durante años parecieron permanentes. Una mayoría legislativa puede cambiar una ley; otra puede volver a cambiarla.

    Por eso ésta no debería ser una discusión sobre si confiamos o no en el gobierno actual.

    Las instituciones no se construyen pensando en el gobernante que nos gusta.

    Se construyen pensando también en el que algún día podría no gustarnos.

    Quien hoy considera razonable que el Estado administre estos recursos debería hacerse una pregunta muy sencilla: ¿pensaría igual si esta facultad estuviera en manos del partido al que más desconfianza le tiene?

    Ahí cambia la perspectiva.

    Porque el problema de fondo no son solamente las pensiones. Es el límite que estamos dispuestos a establecer entre el Estado y la propiedad de las personas.

    Un trabajador formal pasa treinta o cuarenta años cumpliendo obligaciones. Produce, paga impuestos, cotiza y ahorra. Se le dice que debe ser responsable de su futuro porque los recursos públicos no serán suficientes para mantenerlo cuando envejezca.

    Resulta paradójico que después de exigirle esa responsabilidad durante toda su vida laboral tengamos que explicarle que, llegada determinada edad, si no reclamó oportunamente su ahorro, éste puede ser trasladado para contribuir a financiar un mecanismo colectivo.

    La solidaridad es indispensable en una sociedad.

    Pero sería peligroso acostumbrarnos a llamar solidaridad a disponer del patrimonio ajeno.

    Hoy la ley dice que ese dinero podrá reclamarse siempre. Hoy existe una reserva. Hoy existen reglas para devolverlo.

    Esperemos que siempre sea así.

    Pero la verdadera protección del patrimonio no debería depender solamente de la promesa de que alguien nos lo devolverá.

    Tal vez por eso, entre todas las explicaciones jurídicas de estos días, queda una pregunta mucho más sencilla:

    si la propia Suprema Corte reconoce que ese dinero nunca dejó de ser nuestro, ¿por qué alguna vez tiene que dejar nuestra cuenta?

  • El mundo no va a esperar

    El mundo no va a esperar

    MIRADAS

    Una conversación sobre el mundo que compartimos

    Teresa Barragán

    Hay decisiones cuyos resultados pueden verse en unos cuantos meses, otras tardan años. Y algunas, quizá las más importantes, sólo muestran sus consecuencias cuando ya es demasiado tarde para corregirlas.

    La educación pertenece a estas últimas.

    El niño que hoy entra a una primaria pública mexicana llegará al mercado laboral dentro de quince o veinte años. Para entonces el mundo será todavía más pequeño que el actual. Podrá estudiar a distancia en una universidad de otro país, trabajar desde Chiapas para una empresa en España o competir por una posición con jóvenes de India, Corea, Canadá o cualquier otra parte del planeta.

    Nunca antes el lugar donde nació un niño había determinado tan poco hasta dónde puede llegar. La tecnología ha abierto posibilidades que hace apenas una generación parecían inimaginables y muchas de las fronteras laborales que conocíamos están desapareciendo.

    La pregunta es si  estamos preparando a ese niño para aprovechar esas oportunidades.

    México decidió transformar profundamente su modelo educativo mediante la llamada Nueva Escuela Mexicana. Las asignaturas tradicionales dejaron de ser el eje alrededor del cual se organiza el aprendizaje y fueron integradas en cuatro grandes campos formativos: Lenguajes; Saberes y Pensamiento Científico; Ética, Naturaleza y Sociedades; y De lo Humano y lo Comunitario.

    La intención declarada es integrar conocimientos, relacionarlos con la realidad del alumno y vincular a la escuela con la comunidad.

    Sobre el papel puede sonar atractivo, pero vale la pena preguntarnos si un país con graves rezagos educativos, debía comenzar por reorganizar la manera de presentar el conocimiento o por asegurarse de que sus niños dominaran primero lo esencial.

    los números son difíciles de ignorar. En la evaluación PISA 2022, sólo 34 de cada 100 estudiantes mexicanos de 15 años alcanzaron al menos el nivel básico de matemáticas. En lectura fueron 53 y en ciencias 49. Los promedios de los países de la OCDE fueron 69, 74 y 76, respectivamente.

    No estamos hablando de excelencia académica. Estamos hablando de alcanzar niveles básicos.

    Ante semejante diagnóstico parecería lógico concentrar todos los esfuerzos en comprensión lectora, matemáticas, ciencias, inglés y habilidades digitales. Sin embargo, el nuevo modelo educativo decidió ampliar también la misión de la escuela. Los programas incorporan de manera transversal asuntos relacionados con género, identidad, diversidad, interculturalidad, comunidad y distintas formas de interpretar la realidad social.

    Algunos de esos temas forman naturalmente parte de una educación moderna. Una escuela debe enseñar respeto, convivencia y dignidad humana.

    Pero existe una línea muy delgada entre enseñar a un niño a comprender la sociedad y utilizar la escuela para decirle cómo debe interpretarla. Y quizá deberíamos comenzar a preguntarnos si no estamos cruzando esa linea.

    México es una nación extraordinariamente diversa. Sus lenguas indígenas forman parte de nuestra historia y nuestra cultura, y preservarlas es valioso. Un niño no debería tener que renunciar a su lengua, sus costumbres o su identidad para recibir una educación de calidad mundial, preserver su origen no puede significar limitar su futuro.

    Justamente cuando el mundo ofrece a los jóvenes posibilidades que nunca antes habían tenido, una parte importante de nuestra educación dirige cada vez más la mirada hacia lo local: la comunidad, el entorno inmediato, la identidad y los saberes propios.

    Todo eso merece ser conocido y preservado, pero no puede sustituir los conocimientos y habilidades que permitirán a esos mismos niños participar algún día en un mundo mucho más grande.

    La diferencia con quienes tienen acceso a una educación privada merece también nuestra atención.

    Aunque las escuelas privadas forman parte del sistema educativo nacional, utilizan libros y programas adicionales, mantienen en la práctica materias claramente identificables como Matemáticas, Español o Ciencias, ofrecen más horas de inglés e incorporan herramientas digitales e incluso programas internacionales.

    Así, dos niños mexicanos de la misma edad pueden estar recibiendo preparaciones muy distintas para enfrentarse al mismo mundo y, esa política educativa que coloca la igualdad entre sus principales propósitos, podría terminar ampliando precisamente aquello que pretende combatir: la desigualdad.

    En algunos años veremos con qué conocimientos llegan esos alumnos a la preparatoria y a la universidad. Más adelante aparecerán las consecuencias en sus posibilidades de empleo y en su capacidad para competir profesionalmente.

    El mundo no reducirá sus estándares para adaptarse a nosotros.

    Quizá por eso deberíamos atrevernos a hacer una pregunta incómoda: ¿estamos utilizando la escuela para enseñar a los niños a pensar, o para enseñarles qué deben pensar?, la diferencia es enorme.

    La educación pública debería ser el gran igualador de una Sociedad; el lugar donde el hijo de una familia sin recursos reciba las herramientas que le permitan llegar tan lejos como su capacidad y su esfuerzo puedan llevarlo.

    Porque estos niños no tendrán otra infancia para recuperar lo que no aprendieron, y  no competiran con su compañero de pupitre, lo haran con un mundo cada vez mas globalizado.

    El mundo avanza, está en permanente movimiento  y no va a esperar a  México y sus niños.

  • La medida de la justicia

    La medida de la justicia

    MIRADAS

    Una conversación sobre el mundo que compartimos

    Teresa Barragán

    Hay ideas que nos parecen tan naturales que olvidamos que alguien tuvo que conquistarlas.

    Hoy damos por hecho que una persona no debe ser juzgada por su apellido, por sus ideas políticas, por su riqueza o por la cercanía que tenga con quien gobierna. Nos parece evidente que la ley deba ser la misma para todos.

    Pero durante siglos no fue así.

    En buena parte del mundo, la justicia dependía de quién eras antes que de lo que habías hecho. Había leyes distintas para personas distintas. Existían privilegios para la nobleza, para el clero y para quienes gozaban del favor del poder. La ley no comenzaba preguntando qué había ocurrido; comenzaba preguntando quién estaba frente a ella.

    La humanidad tardó siglos en comprender que una sociedad verdaderamente libre sólo podía existir cuando la ley dejara de distinguir entre personas.

    Por eso 1789 marcó un antes y un después. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamó un principio que transformó la historia: todos los ciudadanos son iguales ante la ley. No fue solamente una innovación jurídica; fue una revolución moral. Desde entonces, el poder dejó de ser fuente de privilegios para quedar sometido a un principio superior: la ley debía proteger y sancionar con el mismo criterio a todos.

    Con el tiempo, esa idea se convirtió en uno de los pilares de las democracias modernas. México también la hizo suya al consagrar la igualdad de las personas ante la ley y prohibir los tribunales especiales y las leyes privativas. No se trata de un tecnicismo constitucional. Es la garantía de que ningún ciudadano quedará indefenso frente al poder.

    De esa convicción nace también la división de poderes.

    No porque quienes gobiernan sean necesariamente malas personas, sino porque la historia ha demostrado que todo poder necesita límites.

    Y precisamente por eso existe un Poder Judicial independiente.

    No para proteger a los jueces.

    No para defender al gobierno.

    Sino para proteger al ciudadano cuando un día tenga frente a sí al Estado.

    Ésa es su verdadera razón de ser.

    La independencia judicial no es un privilegio de quienes imparten justicia; es un derecho de quienes algún día podrían necesitar que alguien le diga al poder: hasta aquí llega la ley y de aquí no puedes pasar.

    Los derechos fundamentales rara vez desaparecen de un solo golpe.

    Casi siempre se erosionan lentamente.

    Empiezan a debilitarse cuando dejamos de exigir el mismo criterio para todos. Cuando las excepciones dejan de escandalizarnos. Cuando aceptamos que unas investigaciones avancen con una rapidez extraordinaria mientras otras parecen permanecer indefinidamente inmóviles. Cuando la ley se muestra implacable —a veces hasta lo absurdo— frente a unos y extraordinariamente paciente —también hasta lo absurdo— frente a otros.

    No corresponde a los ciudadanos decidir quién es culpable y quién es inocente. Para eso existen las investigaciones, el debido proceso y los jueces.

    Lo que sí nos corresponde es exigir que el camino de la justicia sea el mismo para todos.

    Porque una democracia no se mide por el número de personas detenidas. Se mide por la confianza de sus ciudadanos en que la ley recorrerá exactamente el mismo camino, sin importar el nombre, el cargo o la cercanía con el poder de quien esté siendo investigado.

    Tal vez el cambio más profundo no ocurrió cuando modificamos nuestras leyes.

    Ocurrió cuando dejamos de sorprendernos.

    Cuando empezamos a considerar normal que la respuesta del Estado pareciera variar de un caso a otro. Cuando dejamos de preguntarnos por qué unos enfrentan toda la fuerza de las instituciones mientras otros parecen no encontrar jamás esa misma determinación. Cuando dejamos que las simpatías políticas sustituyeran a los principios.

    Ése fue el momento verdaderamente peligroso.

    Porque una ley severa puede ser discutible.

    Pero una ley que cambia de intensidad según la persona deja de ser ley para convertirse en arbitrariedad.

    Y la arbitrariedad ha sido, desde siempre, el verdadero enemigo de la libertad.

    Hace apenas unos meses México decidió transformar profundamente la integración de su Poder Judicial. Habrá quienes consideren que la reforma fortalecerá nuestra democracia y quienes sostengan exactamente lo contrario. El tiempo permitirá evaluar sus resultados. Pero hay algo que no debería depender de preferencias políticas: la confianza de los ciudadanos en que quien los juzgue responderá únicamente a la Constitución y a la ley, y no a intereses ajenos a ellas.

    Tal vez el mayor error sea pensar que los derechos fundamentales sólo se pierden cuando desaparecen de la Constitución.

    La historia demuestra exactamente lo contrario.

    Empiezan a perderse mucho antes: cuando dejan de aplicarse con el mismo criterio para todos.

    Después de más de dos siglos de lucha para conquistar ese principio, quizá la pregunta que hoy deberíamos hacernos no es si la igualdad ante la ley sigue escrita en nuestra Constitución.

    La verdadera pregunta es otra:

    ¿En qué momento dejamos de exigir que la ley fuera exactamente la misma para todos?

    Porque la verdadera medida de la justicia nunca ha sido la severidad con la que trata a unos, sino la certeza de que trata exactamente igual a todos.

    Y cuando esa medida deja de depender de los hechos para empezar a depender del nombre, del cargo o de la cercanía con el poder, lo que comienza a perderse no es sólo la confianza en la justicia. Lo que se empieza a perder, poco a poco y casi sin advertirlo, es la libertad de todos.

  • El podio que no se ve

    El podio que no se ve

    Miradas

    Teresa Barragán

    Millones de personas seguimos con emoción el desenlace del Tour de Francia. Entre los protagonistas apareció un nombre que llenó de orgullo a México: Isaac del Toro, quien logró subir al podio de la competencia y conquistar la clasificación de mejor ciclista joven. La imagen dio la vuelta al mundo y, como suele ocurrir con los grandes triunfos, la mayoría vimos el resultado.

    Pero hubo algo más que llamó mi atención.

    En esa fotografía no solo estaba un joven que había alcanzado una meta extraordinaria. También quedaba al descubierto algo que pocas veces resulta tan evidente en un deporte que solemos considerar profundamente individual: el valor del trabajo en equipo.

    Durante la competencia vimos cómo un campeón fue capaz de celebrar también el éxito de su compañero; cómo el talento convivía con la generosidad; cómo el liderazgo no consistía únicamente en llegar primero, sino en ayudar a que otro también alcanzara la meta. En una época en la que con frecuencia se identifica el éxito con sobresalir por encima de los demás, aquella imagen recordaba una verdad mucho más profunda: las victorias más grandes no disminuyen cuando se comparten; por el contrario, se engrandecen.

    Quizá por eso pensé que el verdadero triunfo no estaba en el podio. Había comenzado mucho antes.

    Mucho antes de que existieran los reflectores, las entrevistas y las fotografías, hubo años de entrenamiento, madrugadas, caídas, lesiones, sacrificios y decisiones silenciosas. Hubo días en los que nadie aplaudía y, sin embargo, alguien seguía levantándose para entrenar una vez más. El podio fue solamente el momento en que el mundo descubrió una historia que llevaba años escribiéndose.

    Creo que eso mismo ocurre con casi todas las personas que admiramos.

    Vemos al médico cuando entra con serenidad al quirófano, pero no los años de estudio ni las incontables horas de preparación que le dieron esa seguridad. Admiramos a un investigador cuando presenta un descubrimiento, pero rara vez conocemos los intentos fallidos que lo precedieron. Reconocemos a un empresario cuando su proyecto prospera, pero pocas veces pensamos en las ocasiones en que tuvo que volver a empezar. Aplaudimos una obra terminada sin imaginar la disciplina que hizo posible cada uno de sus detalles.

    Cambian las profesiones. No cambia el camino.

    Hace más de dos mil años, Aristóteles sostenía que el carácter no surge de manera espontánea; se forma mediante los hábitos. Nadie se convierte en una persona íntegra por una sola decisión, ni alcanza la excelencia por un acto aislado. Son las pequeñas acciones, repetidas día tras día, las que terminan moldeando una vida.

    Quizá por eso la excelencia nunca aparece de improviso.

    Es el resultado de miles de decisiones que parecen insignificantes cuando se observan por separado: cumplir la palabra dada, prepararse un poco más, aceptar una corrección, reconocer un error, volver a intentarlo después de un fracaso o elegir el esfuerzo cuando sería más cómodo renunciar.

    Sin embargo, hay otra parte de la historia que suele pasar desapercibida.

    Detrás de cada persona que llega lejos casi siempre hay alguien que decidió ayudarla a avanzar. Padres que enseñaron con el ejemplo. Maestros que exigieron más de lo necesario. Entrenadores que corrigieron antes de felicitar. Compañeros que entendieron que el éxito compartido vale más que el lucimiento individual.

    Ellos casi nunca aparecen en las portadas. Pero sin ellos, muchas historias de éxito simplemente no existirían.

    Tal vez por eso me conmovió tanto la imagen del Tour de Francia. No solo mostraba la extraordinaria actuación de un joven mexicano. También dejaba ver la nobleza de quienes comprendieron que el verdadero liderazgo no consiste únicamente en ganar, sino en hacer mejores a quienes pedalean a nuestro lado.

    Esa lección trasciende el deporte. La necesita una empresa para crecer, un hospital para atender mejor a sus pacientes, una universidad para formar profesionistas, un laboratorio para descubrir nuevas soluciones y una familia para educar personas de bien. En todos esos lugares hay talento, pero el talento, por sí solo, nunca ha sido suficiente. Las grandes obras siempre son el resultado de personas que aprendieron a confiar unas en otras.

    Vivimos en una época que celebra el brillo individual y la recompensa inmediata. Tal vez por eso resulta tan valioso encontrar ejemplos que nos recuerdan que la verdadera grandeza no consiste únicamente en llegar lejos, sino en hacerlo sin perder la capacidad de reconocer el esfuerzo ajeno, compartir el mérito y alegrarse sinceramente por el éxito de los demás.

    Porque los aplausos terminan. Las fotografías envejecen. Los trofeos encuentran un lugar en una vitrina. Pero el carácter permanece.

    Y quizá el mayor triunfo de una persona no sea el día en que sube al podio, sino el camino que recorrió para llegar hasta él… y la forma en que decidió recorrerlo, sin olvidar nunca a quienes hicieron posible ese viaje.

  • El día que cambiamos la pregunta

    El día que cambiamos la pregunta

    Miradas

    Una conversación sobre el mundo que compartimos.

    Teresa Barragán

    Cuando hoy aparece un nuevo caso de corrupción, la conversación rara vez gira en torno al hecho mismo. Casi de inmediato alguien recuerda otro funcionario, otro partido o un gobierno anterior involucrado en un caso aún más grave.

    Sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si algo estaba bien o estaba mal para preguntarnos quién lo hizo peor.

    Y quizá fue ahí donde empezamos a mover nuestros propios límites.

    Cuando el referente deja de ser lo correcto y pasa a ser la comparación, el límite moral comienza a desplazarse. Ya no discutimos si un acto de corrupción merece condena,discutimos si fue menor que otro.

    Sin proponérnoslo, cambiamos la pregunta.

    Ese cambio parece pequeño, pero transforma profundamente nuestra manera de entender la vida pública.

    Porque, cuando aceptamos que siempre habrá corrupción y que el verdadero debate consiste únicamente en determinar qué caso fue más grave, terminamos enviando un mensaje peligroso: lo inadmisible deja de ser la corrupción y pasa a ser que exista un caso peor.

    Quizá por eso algunos gobernantes dejan de verse como servidores públicos para asumirse, poco a poco, como propietarios del cargo, del presupuesto e incluso de las instituciones.

    El poder casi nunca cruza un límite que la sociedad no haya movido antes.

    No llegamos aquí de un día para otro. Los límites rara vez desaparecen de golpe. Se desplazan lentamente, con cada justificación, con cada comparación y con cada ocasión en que dejamos de condenar un acto porque encontramos otro que nos parece peor.

    Tal vez el primer paso para recuperarlos sea volver a hacernos la pregunta correcta.

    La próxima vez que conozzcamos un caso de corrupción, quizá no deberíamos preguntarnos quién cometió la falta más grande ni cuánto dinero se desvió.

    Tal vez deberíamos preguntarnos qué dejó de hacerse con esos recursos.

    ¿Cuántas escuelas dejaron de construirse? ¿Cuántos hospitales dejaron de equiparse? ¿Cuántas calles nunca fueron pavimentadas? ¿Cuántas familias dejaron de recibir oportunidades que les pertenecían?

    Porque la corrupción no solo se mide por los recursos que se desvían. También se mide por todo aquello quepertenece a la sociedad y lo ha dejado de recibir.

    Tal vez debemos cambiar la pregunta.

  • Reconocer no es conocer

    Reconocer no es conocer

    Miradas

    Una conversación sobre el mundo que compartimos.

    Teresa Barragán

    Hay cosas que dejamos de ver precisamente porque las vemos todos los días.

    Sucede con los edificios que forman parte del camino cotidiano, con los árboles de una avenida o con el paisaje que acompaña nuestros trayectos. Están ahí, pero la costumbre termina por volverlos casi invisibles.

    Algo parecido parece estar ocurriendo con los espectaculares de quienes aspiran a ocupar un cargo de elección popular.

    Hace más de veintitrés siglos, Aristóteles reflexionó sobre la manera en que quienes buscaban gobernar debían persuadir a los ciudadanos. En su Retórica explicó que la credibilidad de una persona descansaba en su carácter, en la solidez de sus argumentos y en la confianza que era capaz de generar.

    Más de dos mil años después, la pregunta sigue siendo sorprendentemente actual: ¿cómo llegamos a conocer a quienes aspiran a representarnos?

    Desde hace meses, calles y carreteras se han llenado de nombres y rostros. Quizá aún no sea el momento de conocer propuestas de gobierno, pero sí de empezar a conocer a quienes aspiran a representarnos. Sin embargo, con frecuencia terminamos conociendo primero su fotografía.

    La psicología describe un fenómeno conocido como efecto de mera exposición. En términos sencillos, explica que la repetición de un rostro, un nombre o un símbolo puede hacernos sentir mayor familiaridad hacia él, aun cuando esa repetición no nos aporte información adicional.

    Tal vez por eso convenga detenernos un momento.

    Reconocer un rostro no es conocer a una persona.

    Quien aspira a un cargo público tiene el derecho, y también la responsabilidad, de darse a conocer. Los ciudadanos, por nuestra parte, tenemos una responsabilidad igualmente importante: conocer algo más que su nombre y su fotografía.

    Porque elegir no consiste únicamente en reconocer una cara familiar. Consiste en interesarnos por la trayectoria de una persona, por la manera en que ha ejercido las responsabilidades que ya ha tenido, por su preparación, por sus decisiones y por la forma en que entiende el servicio público.

    La democracia descansa sobre responsabilidades compartidas.

    Quienes aspiran a gobernar deben procurar que los conozcamos.

    Quienes habremos de elegirlos debemos hacer el esfuerzo de conocerlos.

    Tal vez la próxima vez que pase frente a uno de esos espectaculares no vea solamente una fotografía.

    Tal vez me haga una pregunta distinta.

    ¿Conozco realmente a esa persona… o simplemente me he acostumbrado a verla?

  • ¿Qué nos pasa?

    ¿Qué nos pasa?

    Miradas

    Una conversación sobre el mundo que compartimos.

    Teresa Barragán

    Hace casi cuatro décadas, el actor mexicano Héctor Suárez tenía un programa de televisión llamado ¿Qué nos pasa? Esta semana recordé ese título y pensé que pocas preguntas han envejecido tan bien.

    No fue el resultado de un partido lo que me hizo volver a ella. Fueron las imágenes que lo rodearon: aficionados que buscaron impedir el descanso del equipo rival y otros que confundieron la pasión con la agresión. Bastaron unos cuantos para recordarnos que, a veces, los hechos más pequeños revelan algo mucho más profundo.

    El futbol solo fue el escenario. La verdadera historia estaba fuera de la cancha.

    Vivimos tiempos en los que parece abrirse paso una idea silenciosa: mientras yo gane, el método importa poco. Lo vemos al volante, en las redes sociales, en la fila del supermercado y, de vez en cuando, también en un estadio. Sin darnos cuenta, el ‘todo se vale’ empieza a ocupar el lugar del respeto.

    Los países no se construyen únicamente con buenas leyes o buenos gobiernos. También se construyen con gestos cotidianos: ceder el paso, cumplir la palabra, respetar a quien piensa distinto, tratar con dignidad incluso a quien compite con nosotros.

    Quizá por eso una noticia, aun cuando deja de ocupar los titulares, puede seguir haciéndonos preguntas. Las noticias pasan. Lo que revelan sobre nosotros permanece.

    Me gusta pensar que siempre estamos a tiempo de corregir el rumbo. Que la cortesía no es una debilidad, sino una forma de fortaleza. Que la hospitalidad dice tanto de un país como cualquiera de sus triunfos.

    Al final, sigo creyendo que la pregunta de Héctor Suárez continúa esperando una respuesta. Tal vez no la encontremos en un estadio. Tal vez empiece cuando cada uno de nosotros decida responderla en su vida cotidiana.