Categoría: Opinion

  • El día que cambiamos la pregunta

    El día que cambiamos la pregunta

    Miradas

    Una conversación sobre el mundo que compartimos.

    Teresa Barragán

    Cuando hoy aparece un nuevo caso de corrupción, la conversación rara vez gira en torno al hecho mismo. Casi de inmediato alguien recuerda otro funcionario, otro partido o un gobierno anterior involucrado en un caso aún más grave.

    Sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si algo estaba bien o estaba mal para preguntarnos quién lo hizo peor.

    Y quizá fue ahí donde empezamos a mover nuestros propios límites.

    Cuando el referente deja de ser lo correcto y pasa a ser la comparación, el límite moral comienza a desplazarse. Ya no discutimos si un acto de corrupción merece condena,discutimos si fue menor que otro.

    Sin proponérnoslo, cambiamos la pregunta.

    Ese cambio parece pequeño, pero transforma profundamente nuestra manera de entender la vida pública.

    Porque, cuando aceptamos que siempre habrá corrupción y que el verdadero debate consiste únicamente en determinar qué caso fue más grave, terminamos enviando un mensaje peligroso: lo inadmisible deja de ser la corrupción y pasa a ser que exista un caso peor.

    Quizá por eso algunos gobernantes dejan de verse como servidores públicos para asumirse, poco a poco, como propietarios del cargo, del presupuesto e incluso de las instituciones.

    El poder casi nunca cruza un límite que la sociedad no haya movido antes.

    No llegamos aquí de un día para otro. Los límites rara vez desaparecen de golpe. Se desplazan lentamente, con cada justificación, con cada comparación y con cada ocasión en que dejamos de condenar un acto porque encontramos otro que nos parece peor.

    Tal vez el primer paso para recuperarlos sea volver a hacernos la pregunta correcta.

    La próxima vez que conozzcamos un caso de corrupción, quizá no deberíamos preguntarnos quién cometió la falta más grande ni cuánto dinero se desvió.

    Tal vez deberíamos preguntarnos qué dejó de hacerse con esos recursos.

    ¿Cuántas escuelas dejaron de construirse? ¿Cuántos hospitales dejaron de equiparse? ¿Cuántas calles nunca fueron pavimentadas? ¿Cuántas familias dejaron de recibir oportunidades que les pertenecían?

    Porque la corrupción no solo se mide por los recursos que se desvían. También se mide por todo aquello quepertenece a la sociedad y lo ha dejado de recibir.

    Tal vez debemos cambiar la pregunta.

  • Reconocer no es conocer

    Reconocer no es conocer

    Miradas

    Una conversación sobre el mundo que compartimos.

    Teresa Barragán

    Hay cosas que dejamos de ver precisamente porque las vemos todos los días.

    Sucede con los edificios que forman parte del camino cotidiano, con los árboles de una avenida o con el paisaje que acompaña nuestros trayectos. Están ahí, pero la costumbre termina por volverlos casi invisibles.

    Algo parecido parece estar ocurriendo con los espectaculares de quienes aspiran a ocupar un cargo de elección popular.

    Hace más de veintitrés siglos, Aristóteles reflexionó sobre la manera en que quienes buscaban gobernar debían persuadir a los ciudadanos. En su Retórica explicó que la credibilidad de una persona descansaba en su carácter, en la solidez de sus argumentos y en la confianza que era capaz de generar.

    Más de dos mil años después, la pregunta sigue siendo sorprendentemente actual: ¿cómo llegamos a conocer a quienes aspiran a representarnos?

    Desde hace meses, calles y carreteras se han llenado de nombres y rostros. Quizá aún no sea el momento de conocer propuestas de gobierno, pero sí de empezar a conocer a quienes aspiran a representarnos. Sin embargo, con frecuencia terminamos conociendo primero su fotografía.

    La psicología describe un fenómeno conocido como efecto de mera exposición. En términos sencillos, explica que la repetición de un rostro, un nombre o un símbolo puede hacernos sentir mayor familiaridad hacia él, aun cuando esa repetición no nos aporte información adicional.

    Tal vez por eso convenga detenernos un momento.

    Reconocer un rostro no es conocer a una persona.

    Quien aspira a un cargo público tiene el derecho, y también la responsabilidad, de darse a conocer. Los ciudadanos, por nuestra parte, tenemos una responsabilidad igualmente importante: conocer algo más que su nombre y su fotografía.

    Porque elegir no consiste únicamente en reconocer una cara familiar. Consiste en interesarnos por la trayectoria de una persona, por la manera en que ha ejercido las responsabilidades que ya ha tenido, por su preparación, por sus decisiones y por la forma en que entiende el servicio público.

    La democracia descansa sobre responsabilidades compartidas.

    Quienes aspiran a gobernar deben procurar que los conozcamos.

    Quienes habremos de elegirlos debemos hacer el esfuerzo de conocerlos.

    Tal vez la próxima vez que pase frente a uno de esos espectaculares no vea solamente una fotografía.

    Tal vez me haga una pregunta distinta.

    ¿Conozco realmente a esa persona… o simplemente me he acostumbrado a verla?

  • ¿Qué nos pasa?

    ¿Qué nos pasa?

    Miradas

    Una conversación sobre el mundo que compartimos.

    Teresa Barragán

    Hace casi cuatro décadas, el actor mexicano Héctor Suárez tenía un programa de televisión llamado ¿Qué nos pasa? Esta semana recordé ese título y pensé que pocas preguntas han envejecido tan bien.

    No fue el resultado de un partido lo que me hizo volver a ella. Fueron las imágenes que lo rodearon: aficionados que buscaron impedir el descanso del equipo rival y otros que confundieron la pasión con la agresión. Bastaron unos cuantos para recordarnos que, a veces, los hechos más pequeños revelan algo mucho más profundo.

    El futbol solo fue el escenario. La verdadera historia estaba fuera de la cancha.

    Vivimos tiempos en los que parece abrirse paso una idea silenciosa: mientras yo gane, el método importa poco. Lo vemos al volante, en las redes sociales, en la fila del supermercado y, de vez en cuando, también en un estadio. Sin darnos cuenta, el ‘todo se vale’ empieza a ocupar el lugar del respeto.

    Los países no se construyen únicamente con buenas leyes o buenos gobiernos. También se construyen con gestos cotidianos: ceder el paso, cumplir la palabra, respetar a quien piensa distinto, tratar con dignidad incluso a quien compite con nosotros.

    Quizá por eso una noticia, aun cuando deja de ocupar los titulares, puede seguir haciéndonos preguntas. Las noticias pasan. Lo que revelan sobre nosotros permanece.

    Me gusta pensar que siempre estamos a tiempo de corregir el rumbo. Que la cortesía no es una debilidad, sino una forma de fortaleza. Que la hospitalidad dice tanto de un país como cualquiera de sus triunfos.

    Al final, sigo creyendo que la pregunta de Héctor Suárez continúa esperando una respuesta. Tal vez no la encontremos en un estadio. Tal vez empiece cuando cada uno de nosotros decida responderla en su vida cotidiana.