MIRADAS
Una conversación sobre el mundo que compartimos
Teresa Barragán
Hay momentos en la historia de los países en los que las circunstancias parecen acomodarse a su favor. No suceden con frecuencia. Y casi nunca avisan cuánto tiempo van a durar.
México podría estar frente a uno de ellos.
Hace unos días, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, estuvo en Arizona explorando la incorporación de nuestro país a una de las industrias más estratégicas del mundo: la de los semiconductores.
La noticia podría perderse fácilmente entre tantas otras. Pero detrás de ella hay una pregunta mucho más importante: ¿estamos preparados para aprovechar el lugar que el mundo parece estar ofreciéndonos?
Los semiconductores están en casi todo lo que define nuestra época: automóviles, teléfonos, equipos médicos, sistemas de comunicación, inteligencia artificial. Su producción dejó de ser solamente un negocio para convertirse en una pieza estratégica de la competencia económica y tecnológica mundial.
Y justo al otro lado de nuestra frontera está ocurriendo algo extraordinario.
Arizona se está convirtiendo en uno de los grandes centros mundiales de esta industria. Alrededor de ella crecerán proveedores, investigación, servicios especializados y empleos que exigirán conocimientos cada vez más sofisticados.
México tiene mucho a su favor.
Tenemos más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos, un tratado comercial que nos integra a Norteamérica, décadas de experiencia manufacturera y una población joven que podría incorporarse a las nuevas industrias.
Pocas veces la geografía coloca una oportunidad tan cerca.
Pero la geografía no educa ingenieros. Un tratado comercial no forma técnicos. La cercanía con una fábrica no produce investigadores.
Eso tenemos que hacerlo nosotros.
Y resulta significativo que aquí mismo, en Chihuahua, ya se estén dando algunos pasos. Hace unos días se anunciaron becas de especialización en semiconductores, en colaboración con Arizona State University, para formar talento en áreas específicas de esta industria.
Son apenas veinte becas. El número puede parecer pequeño. La dirección, en cambio, importa mucho.
Durante años hemos hablado del enorme potencial de México. La palabra se ha repetido tanto que casi hemos olvidado lo que significa: potencial es aquello que todavía no hemos convertido en realidad.
Taiwán y Corea del Sur tampoco nacieron como potencias tecnológicas. Durante décadas apostaron por educación, ciencia, capacitación e industria. Entendieron que competir en el mundo moderno no consiste solamente en fabricar más barato, sino en aprender a crear aquello que los demás necesitan.
Ahí está quizá nuestra verdadera oportunidad.
No se trata solamente de conseguir que algunas empresas instalen plantas en México. Sería una buena noticia, pero insuficiente. La aspiración tendría que ser mayor: que nuestros jóvenes puedan participar también donde se investiga, se diseña, se desarrolla y se genera conocimiento.
Porque existe una diferencia enorme entre recibir una inversión y construir una capacidad.
La inversión puede marcharse cuando cambian los costos o las condiciones. El conocimiento permanece en las personas.
Por eso, cuando hablamos de educación, universidades, formación técnica, ciencia o inglés, no estamos hablando de asuntos separados de la economía. Estamos decidiendo qué lugar podrán ocupar los mexicanos dentro de diez o veinte años.
El mundo no se va a detener mientras resolvemos nuestras carencias.
La inteligencia artificial avanza. Las cadenas productivas se reorganizan. Las grandes potencias buscan asegurar industrias estratégicas y muchos países compiten por ocupar cada espacio disponible.
México, por una combinación difícil de repetir de geografía, integración económica y momento histórico, está sentado muy cerca de la mesa.
Pero estar cerca no significa tener un lugar asegurado.
Tal vez dentro de algunos años miremos este momento y descubramos que aquí comenzó una transformación importante. O quizá volvamos a hablar, como tantas veces, del enorme potencial que México alguna vez tuvo.
La diferencia entre una historia y la otra no estará en la oportunidad que recibimos, sino en lo que decidimos hacer con ella.
Porque las oportunidades de un país se parecen mucho a las oportunidades de la vida: algunas regresan.
Las verdaderamente grandes, casi nunca esperan.